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La otra ciudad 03
- 17:40
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El fútbol se terminó ¿se terminó? Tiene sentido volver a hablar del mundial. No, no tiene. Pero hay cosas que dejó la pasión que no deberían olvidarse. Diego de la Fuente nos trae un relato sobre la lluvia de la derrota argentina en el mundial y el sol que sale después en una pelota de potrero, en un barrio cualquiera de San Lorenzo.
En otra nota, Lucas Hazzi, nuestro Leonardo Da Vinci sanlorencino, cuenta cómo construyó un catamarán ecológico que se mueve a energía solar y habla de otros proyectos que pueden convertir a nuestra ciudad en un espacio de ciencia ficción.
En el próximo número del suplemento se lanzará un concurso fotográfico para ilustrar “la otra ciudad”, mostrar sus laberintos, su fauna, sus secretos, con tema libre. Las bases estarán detalladas en la web municipal y se está conforman un jurado reconocido y heterogéneo que pueda dar cuenta de los ganadores o ganadoras de este concurso.
Por el momento, andá separando tus jpgs, tus polaroids, tus negativos y estate atento que en breve llegarán más novedades.
En otra nota, Lucas Hazzi, nuestro Leonardo Da Vinci sanlorencino, cuenta cómo construyó un catamarán ecológico que se mueve a energía solar y habla de otros proyectos que pueden convertir a nuestra ciudad en un espacio de ciencia ficción.
En el próximo número del suplemento se lanzará un concurso fotográfico para ilustrar “la otra ciudad”, mostrar sus laberintos, su fauna, sus secretos, con tema libre. Las bases estarán detalladas en la web municipal y se está conforman un jurado reconocido y heterogéneo que pueda dar cuenta de los ganadores o ganadoras de este concurso.
Por el momento, andá separando tus jpgs, tus polaroids, tus negativos y estate atento que en breve llegarán más novedades.
Se terminó el fútbol
- 17:35
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por Diego de la Fuente
Y se fue el mundial, se acabaron los gorros celestes y blancos, te escapaste vos que tan fácil dejabas que te abrace para festejar o recordar los goles. Se fue también la pantalla gigante que nos reunió en la calle, como en esas viejas fiestas que deben haber existido antes cuando todo el pueblo salía a la calle, a la plaza, al parque, a celebrar o lamentarse.
–Habrá que esperar cuatro años –me dijo un pavo que se ve que sabe poco de pasión, de lo que yo necesito sentirme vivo hoy y no dentro de cuatro años.
–No, no –dije yo. “No, no”, pensé. Necesito abrazarte antes de cuatro años, buscar otras pasiones, otras excusas. Me hace falta la emoción esa que nos recorre, tal vez con menos fuerza o con más cercanía, o no sé.
Me quedé triste un tiempo y, recién después de mascullar esa angustia, empecé a recorrer los barrios, a caminar, a salirme despacio de mí mismo, y me encontré con el fútbol de otra manera, en encuentros barriales que no tienen nada de competitivo, donde ganar no requiere hacer perder al otro, donde los resultados son sólo circunstancias de un encuentro en el que lo importante es juntarse para disfrutar de la fiesta del juego, del griterío y la amistad.
Y te vi a vos de nuevo. Con la cara lavada y el pelo recogido, sirviendo chocolatada con una sonrisa que tumbaba paredes. Los chicos se concentraban en los vasitos calientes y yo en tus movimientos, en la gracia que te desborda cuando estás ayudando. Entendí que la pasión puede transmitirse a otras cosas, que está bueno gritar un gol, pero que también es lindo limpiar unos mocos, servir una merienda, jugar un rato.
Un pelotazo me dio en la cabeza y me trajo de vuelta. Estaba parado al borde de la cancha, ensimismado, “entumismado”. La pelota se fue a un costado y yo corrí atrás. Torpemente se la acerqué a un pibe que venía hacia mí y se reía de mi incapacidad, de la impotencia de mis piernas; como para no, si hace años que no juego al fútbol y ni siquiera cuando jugaba era más o menos bueno. Me di cuenta que vos me mirabas entonces, sonriendo también, devolviendo el fútbol a la vida, a lo que importa, al sol que sale después de la tormenta.

Fútbol integrativo en los barrios
Con amplia participación de chicos y familias, la municipalidad de San Lorenzo llevó adelante encuentros de fútbol interbarrial y vecinal con el objetivo de integrar a través del deporte, durante todo el mes de julio en diferentes vecinales y canchas de barrios en toda la ciudad.
Fueron más de un centenar de chicos los que participaron de los barrios Bouchard, José Hernández, Capitán Bermúdez, El Pino, Moreno y Barrio Norte, en jornadas donde reinó el compañerismo y la buena onda.
"Esta gestión y especialmente el intendente Raimundo, entiende la importancia social que tiene el deporte y la realización de este tipo de encuentros", expresó Miguel Sotelo, coordinador de la cartera de deportes sanlorencina, y concluyó "porque acá se encuentran los chicos, pero también todas las familias y los barrios".
Asimismo los organizadores destacaron la colaboración de técnicos y profesores quienes fueron contagiándose con el entusiasmo de los chicos. Especialmente valorado fue el trabajo de Ana Bardallo, el concejal Marcelo Roggi, Darío Ferrari, Celestino Inés, Raúl Correa y José Bautista Romero, entre otros.
Y se fue el mundial, se acabaron los gorros celestes y blancos, te escapaste vos que tan fácil dejabas que te abrace para festejar o recordar los goles. Se fue también la pantalla gigante que nos reunió en la calle, como en esas viejas fiestas que deben haber existido antes cuando todo el pueblo salía a la calle, a la plaza, al parque, a celebrar o lamentarse.
–Habrá que esperar cuatro años –me dijo un pavo que se ve que sabe poco de pasión, de lo que yo necesito sentirme vivo hoy y no dentro de cuatro años.
–No, no –dije yo. “No, no”, pensé. Necesito abrazarte antes de cuatro años, buscar otras pasiones, otras excusas. Me hace falta la emoción esa que nos recorre, tal vez con menos fuerza o con más cercanía, o no sé.
Me quedé triste un tiempo y, recién después de mascullar esa angustia, empecé a recorrer los barrios, a caminar, a salirme despacio de mí mismo, y me encontré con el fútbol de otra manera, en encuentros barriales que no tienen nada de competitivo, donde ganar no requiere hacer perder al otro, donde los resultados son sólo circunstancias de un encuentro en el que lo importante es juntarse para disfrutar de la fiesta del juego, del griterío y la amistad.
Y te vi a vos de nuevo. Con la cara lavada y el pelo recogido, sirviendo chocolatada con una sonrisa que tumbaba paredes. Los chicos se concentraban en los vasitos calientes y yo en tus movimientos, en la gracia que te desborda cuando estás ayudando. Entendí que la pasión puede transmitirse a otras cosas, que está bueno gritar un gol, pero que también es lindo limpiar unos mocos, servir una merienda, jugar un rato.
Un pelotazo me dio en la cabeza y me trajo de vuelta. Estaba parado al borde de la cancha, ensimismado, “entumismado”. La pelota se fue a un costado y yo corrí atrás. Torpemente se la acerqué a un pibe que venía hacia mí y se reía de mi incapacidad, de la impotencia de mis piernas; como para no, si hace años que no juego al fútbol y ni siquiera cuando jugaba era más o menos bueno. Me di cuenta que vos me mirabas entonces, sonriendo también, devolviendo el fútbol a la vida, a lo que importa, al sol que sale después de la tormenta.

Fútbol integrativo en los barrios
Con amplia participación de chicos y familias, la municipalidad de San Lorenzo llevó adelante encuentros de fútbol interbarrial y vecinal con el objetivo de integrar a través del deporte, durante todo el mes de julio en diferentes vecinales y canchas de barrios en toda la ciudad.
Fueron más de un centenar de chicos los que participaron de los barrios Bouchard, José Hernández, Capitán Bermúdez, El Pino, Moreno y Barrio Norte, en jornadas donde reinó el compañerismo y la buena onda.
"Esta gestión y especialmente el intendente Raimundo, entiende la importancia social que tiene el deporte y la realización de este tipo de encuentros", expresó Miguel Sotelo, coordinador de la cartera de deportes sanlorencina, y concluyó "porque acá se encuentran los chicos, pero también todas las familias y los barrios".
Asimismo los organizadores destacaron la colaboración de técnicos y profesores quienes fueron contagiándose con el entusiasmo de los chicos. Especialmente valorado fue el trabajo de Ana Bardallo, el concejal Marcelo Roggi, Darío Ferrari, Celestino Inés, Raúl Correa y José Bautista Romero, entre otros.
Barco solar y ecológico construido a todo pulmón
- 16:48
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La ciudad de San Lorenzo comenzó una nueva era para la navegación deportiva en el Río Paraná de la mano de Lucas Hazzi quien construyó por mano propia una embarcación eléctrica alimentada a energía solar, con un bajísimo costo de mantenimiento y cero impacto ambiental.
En noviembre de este año planea unir San Lorenzo, Diamante y Paraná navegando puramente a energía solar, para después llegar a Santa Fe capital y emprender el regreso a casa. La nave puede funcionar día y noche gracias a las baterías que son cargadas por el excedente de energía que captan los paneles solares sobre cubierta y desarrolla una velocidad de hasta 6 nudos náuticos, el equivalente a unos 11 kilómetros por hora que es la velocidad promedio en que se desplaza un velero.
Lucas Hazzi es heredero de un abuelo inventor a quien no conoció, pero cuya fama le llegó por relatos de sus padres. Según pudo saber, este antecesor construyó sus propios muebles y hasta intentó fabricar un avión, en cuyo fracasado vuelo inaugural pagó su inventiva con la quebradura de un tobillo. Picado por la curiosidad y guiado por el interés de mejorar su entorno y medio ambiente, el joven sanlorencino comenzó hace ocho años a estudiar las energías alternativas y se centró en la energía solar y fotovoltaica captada por paneles. De esta manera y con gran esfuerzo llego a construir su revolucionario catamarán, uno de los pocos proyectos que se desarrollan en este sentido en el mundo entero.
El barco denominado “Sun” utiliza diez paneles solares montados sobre una estructura de caños de aluminio, con un diseño hidrodinámico pensado para que el casco doble (tipo catamarán) curse las aguas del río con la menor resistencia posible.
La embarcación puede trasportar hasta 170 kilos y está pensada para que se desplace con poca energía ya que gran parte de la que es captada del Sol no va al motor sino que alimenta una batería común (de auto) que permite al catamarán funcionar por la noche.
El de Hazzi se encuentra entre los nueve o diez proyectos de su tipo en el mundo, entre los que destaca la nave que transporta hasta 60 pasajeros en Australia y el bote suizo que cruzó el Atlántico.
El emprendedor sanlorencino trabaja asimismo en una moto eléctrica y un “microauto” que también se relacionan con el mejor aprovechamiento de la energía, pero ambos fueron postergados de momento ya que quería tener su embarcación lista y aprobada para la exposición de “Emprendedores del Bicentenario 2010”, que se desarrolló en junio en San Lorenzo, y para participar de la sexta edición de INNOVAR, un concurso que premia los proyectos innovadores y es impulsado por el Instituto Nacional de Tecnología Industrial dependiente del gobierno nacional, cuyos ganadores se esperan conocer a partir del próximo mes de octubre.
Por otro lado, en su pasión por la búsqueda de energías alternativas o de bajo impacto y costo, cuenta la idea de construir un generador hidroeléctrico que podría iluminar el Campo de la Gloria de manera gratuita durante todo el año, o los taxis eléctricos de uso urbano con 20 kilómetros de autonomía, que se alimentarían de postes abastecidos por el mismo generador hidroeléctrico alimentado por el caudal permanente del río Paraná.
Actualmente el catamarán solar “Sun” está a punto de ser declarado un proyecto de interés Municipal por el concejo municipal de San Lorenzo y de interés provincial por la Casa Gris.
La curiosidad, buen ánimo y voluntad de mejorar la vida de la ciudad que detenta Lucas parece no tener fin. Además de trabajar en estos proyectos inventivos y de ganarse la vida con labores de serigrafía, es vocal de la Asociación Civil sin fines de lucro “Emprendedores del Departamento de San Lorenzo”, que ha sido fundada por un grupo de personas que se unieron voluntariamente, para satisfacer necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales de la comunidad, por medio de una empresa de propiedad conjunta democráticamente gestionada.
Esta organización agrupa a decenas de emprendedores que solos no lograban acceder a créditos para financiar sus ideas. De este modo la ONG realiza una tarea de inclusión social, destinada a un sector que estaba marginado del sistema económico productivo.
El de Hazzi se encuentra entre los nueve o diez proyectos de su tipo en el mundo…
…construir un generador hidroeléctrico que podría iluminar el Campo de la Gloria de manera gratuita…
Suplemento la otra ciudad 02
- 15:02
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En esta edición se relatan dos historias verdaderas y mágicas, pero muy distintas. Por un lado encontramos una semblanza de los skaters, que surcan el cemento y se deslizan en las bajadas, como navegantes que custodian calles, veredas y paseos, en ese límite fascinante entre arte, malabarismo y deporte. Por otro, vivimos la experiencia del Banquito Solidario que funciona en la Vecinal de Barrio Las Quintas, una iniciativa que brinda acceso al crédito a los que menos tienen y está transformando al barrio desde dentro.
Deslízate o muere
- 15:01
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por Diego de la Fuente
Es la mañana de un frío día de otoño y el río al fondo se ve tan calmo. Desde acá arriba hay que sostener a la tabla que solamente quiere salir disparada, ganar velocidad y jugar a volar.
No le puse nombre a la patineta (como le dice mi viejo), es mía, ella lo sabe y yo lo sé. Soy su motor y ella mis alas, para qué ponerle a eso más palabras.
Ajusto el casco y me lanzo cuesta abajo. Hay una emoción embriagante, vuelvo a ser uno con ella, y a la vez ambos somos uno con la pista que se deja recorrer y la ciudad que se abre a nuestra mirada borrosa de aceleración.
Son unos segundos gloriosos, ni frío, ni cansancio, ni ninguna de las preocupaciones que vendrán después cuando nos despeguemos, cuando mis pies vuelvan a ponerse uno detrás de otro y me convierta en un caminante más. Mientras tanto, mientras me deslizo, fluyo, me dejo llevar y timoneo apenas en esta navegación, con una sensación de plenitud incomparable.
Se ve otra ciudad desde la tabla, hay otra perspectiva y las caras surgen distintas. Claro, así como están los pibes que nos miran con fascinación, están quienes desaprueban nuestros pies de ruedas y la manía de convertir cualquier espacio en pista.
Nosotros somos incurables, como es incurable la pasión. Podrá cambiar de forma, pero nunca la dejaremos.
Cargo ahora mi skate cuesta arriba mientras el sol cae y el frío comienza a hacerse sentir. Mañana tengo que ir a la escuela o al trabajo, o a cualquiera de esas cosas que no me provocan tanto placer, pero que a la vez ayudan. Bueno, una más, la última vez. Me tiro una más y basta por hoy.

Cultura Skate – La noticia
Con el auspicio de la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de San Lorenzo, jóvenes skaters desarrollaron un "día de patinetas largas" en la bajada Sargento Cabral, de la obra de defensa de la barranca en el Paseo de la Libertad, el domingo 6 de junio pasado, con amplia participación de aficionados al skate de nuestra ciudad y localidades vecinas, así como también una gran afluencia de público.
Varias decenas de deportistas se lanzaron cuesta abajo, deslizándose sobre sus tablas, en el "longboard day" organizado por el joven Alejandro Nonis, con el auspicio de la municipalidad de nuestra ciudad, en una tarde a pleno sol en el complejo de defensa de la barranca sobre el río Paraná en el inicio de Boulevard Urquiza.
Ya la tarde anterior, el grupo de organizadores había preparado esta bajada Sargento Cabral, realizando una limpieza profunda de la zona y acondicionándola para los patinadores. En este mismo sentido, hay que destacar el ambiente de camaradería y "buena onda" que se vivió durante toda la jornada cuyo desarrollo fue supervisado por inspectores de tránsito y funcionarios del área de Cultura.
Esta bajada pronunciada que desemboca en la sección inferior del Paseo de la Libertad se transformó en una excelente pista para el desarrollo de "longboarding", una disciplina dentro del skate que utiliza tablas más largas que lo habitual especialmente diseñadas para desplazarse más rápidamente en pistas descendentes.
Durante el encuentro, que tuvo un carácter puramente recreativo y de exhibición, también se sortearon regalos entre los participantes y el público.
Entusiasmados con el desarrollo del evento, organizadores, participantes y auspiciantes deslizaron la intención de organizar un torneo nacional en una próxima fecha del presente año.
Banca a los que más lo necesitan
- 15:00
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El Banquito de la Buena Fe que funciona en la Vecinal de Barrio Las Quintas da crédito a cuarenta microemprendedores que desarrollan proyectos principalmente gastronómicos, de artesanías y peluquería dentro del mismo barrio. Lleva un año de funcionamiento y no tiene ningún moroso.
Basado en el esquema de microcrédito que diseñó Muhammad Yunus, un economista nacido en Bangladesh que recibió el Premio Nobel de la Paz por su trabajo en pos de erradicar la pobreza, este Banquito Solidario nuclea a cuarenta microemprendedores en grupos de cinco personas, que se capacitan primero durante dos meses y recién después acceden a un monto inicial de $750 por cada uno, que debe ser devuelto en forma semanal en períodos acordados de seis, ocho o doce meses. En una segunda instancia los montos pueden ser ampliados, pero primero debe pagarse el primero.
Los cuarenta emprendimientos se organizan en equipos de cinco que son solidariamente responsables. Todos cumplen con sus compromisos, asisten a las reuniones semanales y realizan las devoluciones correspondientes. Una estadística de cumplimiento que se repite en este esquema en todo el mundo despierta la envidia de los ejecutivos de los bancos tradicionales, que sufren con tasas de morosidad y un cúmulo de incobrables.
“El Banquito solidario es una red”, subraya Mari Fleitas, presidenta de la Vecinal y por cuya iniciativa Barrio Las Quintas lleva adelante este proyecto que cuenta con la capacitación y acompañamiento del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.
Mari, que no se llama Mari sino Silvia, pero ni ella misma se reconoce con ese nombre, explica que a diferencia de los bancos tradicionales para los cuales el acceso al crédito es una acción individual y personal, en el caso del Banquito Popular u otras organizaciones similares “se trabaja en equipos donde todos son solidariamente responsables de los resultados y de la posibilidad de continuar accediendo al crédito”.
“Nosotros evaluamos muchas cosas”, indica Mari para empezar a enumerar, “cómo es la asistencia en la vida de centro, cómo es el compañerismo, cómo es la devolución, si vemos que le cuesta mucho o que avanza bien para poder apoyarlo con más dinero”.
En cuanto al impacto en la comunidad, Mari es clara: “Esto le hizo mucho bien al barrio y a la vecinal que ahora está más abierta a la comunidad.” Como en todo este tipo de proyectos, Mari también destaca la valentía del primer grupo que tuvo que jugarse, de esos quince primeros participantes que siguieron todos los pasos para ver cómo se obtenía el crédito y si era verdad. Cuando vieron que funcionaba “después, empezaron a llegar todos solos”, sonríe.
Del Banquito que funciona en Las Quintas no sólo participan personas del barrio, sino que también se acercan de 3 de Febrero, Capitán Bermúdez, José Hernández, Norte y Mitre. Además de las personas que se reúnen en los Banquitos que ya funcionan en el Centro Integrador Comunitario, en barrio Bouchard, Capitán Bermúdez y José Hernández.
Mari dirige hoy su propio emprendimiento de una rotisería, obtenido a partir de un microcrédito del Banquito Popular, es madre de siete hijos y hace 20 años que trabaja en lo social, primero desde Cáritas, en la Cooperadora y en la Vecinal.
Por su parte, el Banquito tiene cinco promotores que funcionan como los coordinadores del trabajo. Todo se lleva a cabo por un año, los contratos con estos coordinadores, el crédito y las devoluciones que van haciéndose semanalmente. Después de este período se cierra el proyecto que puede volver a abrirse por un período similar.
Es cada grupo de emprendedores, que reciben a su vez un crédito individual, el que evalúa la extensión del crédito a partir de la capacidad de devolución del mismo, que puede ser en seis, ocho o doce meses.
Estos grupos se forman con personas que no tienen que estar vinculadas familiarmente, con proyectos distintos, y se solidarizan entre sí por el pago, son garantes unos de otros. “Si uno no paga, el resto del grupo debe hacerse cargo por esta persona”, ejemplifica Mari.
El principal inconveniente se relaciona con la capacidad de trabajar en grupo “porque todos pensamos distinto en un punto”, indica la líder del proyecto solidario. Todos los problemas se charlan en grupo y después se ven en la vida de Centro, tratando de encontrarle la mejor solución posible. “El banquito es de todos; si un grupo tiene problemas, el problema es de todos”, concluye. Así es que las problemáticas siempre se resuelven en el ámbito del Centro.
Más allá del entusiasmo Mari confiesa que “ya con 40 microemprendedores nos sentimos sobrepasados, porque cada uno requiere su seguimiento y capacitación”.
Sin embargo, plantea la posibilidad de redoblar la apuesta: “Lo que vemos como posible crecimiento es que los emprendedores que están puedan ir a más; como la que vende ropa, que tenga su salón, la que corta el cabello también tenga su salón y que el barrio vaya tomando otra forma.”
Lo cierto es que estas mujeres que forman el Banquito en Barrio Las Quintas están transformando su realidad a partir del acceso al crédito por un lado, pero también por la construcción de lazos solidarios y el deseo de crecer en conjunto.
“El banquito es de todos; si un grupo tiene problemas, el problema es de todos”
“Esto le hizo mucho bien al barrio y a la vecinal...”
Suplemento la otra ciudad 00
- 17:22
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Siempre hay otra ciudad, con otra mirada, plagada de relatos que se superpone a lo cotidiano, que lo iluminan, lo enriquecen y muchas veces se oponen al discurso corriente de queja y linealidad, a la visión que simplifica todo a una avenida larga a la que parecen pegarse todas las cosas que algunos dicen son las únicas importantes.
San Lorenzo es multifacética como lo son sus habitantes. Caminan por sus calles poetas y locos, niños y ancianos, educadores, tangueros, raperos, expertos del retruécano, malévolos malabaristas de palabras, pintores y caricaturistas, artistas y soñadores. Habitan sus casas y edificios animales fantásticos de ojos polimorfos: hadas y brujas, minotauros y dragones, autómatas voraces de velocidad, flores cargadas de constelaciones.
"la otra ciudad" es el lugar de esta fauna, es parte de su hábitat. Aquí queda abierto el espacio para que se conozcan sus relatos y expresiones, que se hagan visibles sus intenciones y ensanchar un poco el horizonte de este pequeño mundo sobre el Paraná.
En este número inaugural se llevan a cabo dos juegos distintos y actuales. En el cuento de Diego de la Fuente, ilustrado con genialidad por Emiliano Villani, un encuentro con esa infancia cruel y diáfana, bañada de realidad, de relaciones complejas y sórdidas. En la contratapa Amadís Farina nos confiesa un sueño de grandeza que empieza a hacerse realidad: un piloto sanlorencino de 17 años debuta en 2010 en la Fórmula 3. Lanzado a más de 200 km. el pibe cuenta sus logros, anhelos, miedos y obstáculos.

Béisbol
- 17:17
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[Ficción de un barrio sanlorencino]
por Diego de la Fuente
Habíamos construido una cancha de béisbol –o algo que creíamos que era eso– en un terreno baldío, en la esquina donde terminaba el asfalto y se podía ver pasar al tren más allá, en medio del campo. Ese lugar representaba el límite absoluto del barrio y, para muchos de mis amigos de otras partes del pueblo, escapaba al margen de la ciudad misma. En realidad, la cancha se dibujaba y recomponía cada día con las pocas referencias que nos brindaban las imágenes entrecortadas de los programas de televisión que siempre suponían que los espectadores conocíamos a fondo el deporte, por lo que nos limitábamos a ubicar tres bases y una joum, intentando respetar una forma cuadrangular. Por lo demás, tampoco teníamos muchas reglas: uno debía lanzar una pelota, que podía ser de tenis aunque resultaba demasiado liviana, desde algún lugar del centro del cuadrado formado por las bases y otro, ubicado sobre joum, debía pegarle con el palo y correr a primera o, como sucedía la mayoría de las veces, intentar dar una vuelta completa para hacer un jonrón. El que atajaba la pelota se la lanzaba como proyectil al que corría y si le pegaba quedaba fuera; si no, el corredor seguía adelante mientras algunos aplaudían y lo animaban y otros intentaban detenerlo obstaculizando su paso o levantando las piedras con las que marcábamos las bases y echándose a correr a su vez para evitar que completara el circuito. No sumábamos puntuación y tampoco nos importaba demasiado, salvo al Cuatrojos que siempre intentaba explicar los errores del Banana, que era quien llevaba realmente la voz cantante, decidía quién debía batear y dónde debíamos ubicarnos los demás.
Al tercer día de nuestros intentos veraniegos por ser un poco menos de nuestro país y convertirnos en un poco más en ciudadanos del que admirábamos por canal tres, hablando de tú y tratando de adaptar guantes comunes de cuero para que parecieran profesionales, el Banana trajo una bola de béisbol real que era de la colección de su papá, un fanático de todo tipo de competencias, y todos quedamos maravillados. Nos la fuimos pasando uno a uno, sintiendo su peso y dureza, acariciando la piel tirante y las costuras, oliéndola. Cuando la tirábamos al aire volaba perfecta emitiendo un leve siseo, pero resultaba demasiado pesada para los palos de escoba con los que intentábamos golpearla. Esa mismo día, un poco más tarde, llegó el Gordo y se completó el juego. Traía en la mano un bate nuevo que su abuelo, un viejo carpintero retirado, había torneado en una madera de quebracho. Para nuestra imaginación de niños, tenía la forma exacta, profesional: el tope particular para que no se deslizara de las manos al hacer swing, unas ranuras horizontales decorativas y el barniz oscuro. El viejo lo había hecho de madera dura “para que no se rompa contra la pelota”, explicaba el Gordo, por lo que podíamos estimar que pesaba con facilidad un par de kilos. Todos estábamos ansiosos por estrenarlo y, aunque el Banana quiso ser el primero, dejamos que su auténtico dueño se parara por primera vez a recibir los precisos pelotazos de Germán, quien tenía estudiados todos los pasos previos y hacía unos lanzamientos de película. Germán usaba gorra con visera, sostenía la pelota en la espalda para llevarla después hacia delante y ponerla entre las manos como si rezara, miraba de perfil –con cara de enemigo mortal– al que esperaba el lanzamiento, daba una larga vuelta con el brazo dándole cuerda al movimiento, y disparaba con toda su fuerza hacia la joum.

El Gordo respondió al primer lanzamiento abanicando con energía, pero no dio con la pelota y se balanceó tanto que casi pierde el equilibrio; poner el bate en movimiento requería de bastante esfuerzo. Volvió a ubicarse, ya transpirado y algo agitado, mientras alguien le acercaba la pelota nuevamente a Germán. El resto esperábamos sentados en diagonal a la escena, en la línea imaginaria que unía tercera base con el bateador. Era uno de esos días del final del verano, cuando las tardes empiezan a acortarse y uno entiende realmente lo que es disfrutar de las vacaciones, sin apuro, justo cuando están despidiéndose. Me había sentado en el piso con las piernas estiradas, apoyando el peso del cuerpo en mis dos brazos trabados en la espalda. Sentía los pastos duros pinchándome detrás de las rodillas. Hacía calor, pero no tanto y el olor era dulce y azul como el cielo el día después de la tormenta.
Germán volvió a repetir su ceremonia y envió un proyectil recto sobre la piedra que indicaba el lugar del bateador, que esta vez giró perfectamente y golpeó de lleno la pelota. Veía al Gordo algo de espaldas, pero me pareció el movimiento de un atleta, como el de esa estatua que inmortaliza el lanzamiento de un disco, una belleza. El golpe, una campanada seca y profunda, un tono grave como el de un meteorito golpeando un planeta desierto, disparó violentamente la bola al infinito, un cohete que aceleraba más y más. Fui feliz y todo confluía en la perfección más inmensa a la que un momento puede aspirar, la síntesis de un gran verano. Embelesado en ver cómo se perdía el proyectil al cruzarse por el sol, en captar abierta y tranquilamente los detalles del momento, en pensar en el miedo del Banana por perder la pelota de su padre para siempre y de sonreírme solo, apenas escuché el grito apagado de mi hermano que advertía el peligro. Bajé la cabeza y abrí los ojos encandilados, como si hubiera estado soñando y alguien me despertara llamando mi nombre. Pude ver al Gordo que se miraba las manos desorbitado y una sombra de flecha estalló en mi frente. Lo demás fue oscuridad y un eco doloroso a madera quebrada.
Desperté aturdido al día siguiente; estaba en el hospital. Me explicaron que el bate, después de dar con la pelota, se había deslizado de las manos del Gordo y había volado en dirección a mí como un boomerang, que me había golpeado en la cabeza; un accidente con suerte ya que me podría haber matado. Me hicieron radiografías y tengo una fisura en el cráneo que no reviste riesgo, pero que me acompañará siempre como un recordatorio. En deportes y juego al aire libre, ni pensar por ahora, hay que cuidarse ya que los huesos están resentidos.
Después vino a visitarme mi hermano y me contó que la pelota del Banana no apareció más y que lo castigaron: no lo dejan salir de la casa hasta que comiencen las clases. Nos reímos de esto y es que ambos admiramos y odiamos al Banana con la misma intensidad. El abuelo del Gordo todavía no se explica cómo pude romper el bate con la cabeza y ya prometió hacer uno más resistente con un corazón de aluminio, pero va a tener que esperar unos meses hasta conseguir los materiales. Igualmente, a nadie le interesa volver a jugar al béisbol y las madres se han convencido de que es demasiado peligroso.
El Cuatrojos está proponiendo hacer una casita en el campito y hasta compartir el espacio con algunas chicas. Y el Banana ya está reclutando a otros para ir a destruírsela. Parece que ahora van a dejar que use el rifle de aire comprimido siempre que sea cuidadoso y él ya promete prestarlo a quienes se unan a su bando. La excusa del golpe en la cabeza me ayuda a quedarme en casa y no meterme en estas cosas de las que me entero por mi hermano. Igualmente, nadie viene a visitarme y me siento un poco solo. Tal vez salga esta noche, cuando todos duerman, prenda fuego la casita y le haga saber al Banana que fui yo.
por Diego de la Fuente
Habíamos construido una cancha de béisbol –o algo que creíamos que era eso– en un terreno baldío, en la esquina donde terminaba el asfalto y se podía ver pasar al tren más allá, en medio del campo. Ese lugar representaba el límite absoluto del barrio y, para muchos de mis amigos de otras partes del pueblo, escapaba al margen de la ciudad misma. En realidad, la cancha se dibujaba y recomponía cada día con las pocas referencias que nos brindaban las imágenes entrecortadas de los programas de televisión que siempre suponían que los espectadores conocíamos a fondo el deporte, por lo que nos limitábamos a ubicar tres bases y una joum, intentando respetar una forma cuadrangular. Por lo demás, tampoco teníamos muchas reglas: uno debía lanzar una pelota, que podía ser de tenis aunque resultaba demasiado liviana, desde algún lugar del centro del cuadrado formado por las bases y otro, ubicado sobre joum, debía pegarle con el palo y correr a primera o, como sucedía la mayoría de las veces, intentar dar una vuelta completa para hacer un jonrón. El que atajaba la pelota se la lanzaba como proyectil al que corría y si le pegaba quedaba fuera; si no, el corredor seguía adelante mientras algunos aplaudían y lo animaban y otros intentaban detenerlo obstaculizando su paso o levantando las piedras con las que marcábamos las bases y echándose a correr a su vez para evitar que completara el circuito. No sumábamos puntuación y tampoco nos importaba demasiado, salvo al Cuatrojos que siempre intentaba explicar los errores del Banana, que era quien llevaba realmente la voz cantante, decidía quién debía batear y dónde debíamos ubicarnos los demás.
Al tercer día de nuestros intentos veraniegos por ser un poco menos de nuestro país y convertirnos en un poco más en ciudadanos del que admirábamos por canal tres, hablando de tú y tratando de adaptar guantes comunes de cuero para que parecieran profesionales, el Banana trajo una bola de béisbol real que era de la colección de su papá, un fanático de todo tipo de competencias, y todos quedamos maravillados. Nos la fuimos pasando uno a uno, sintiendo su peso y dureza, acariciando la piel tirante y las costuras, oliéndola. Cuando la tirábamos al aire volaba perfecta emitiendo un leve siseo, pero resultaba demasiado pesada para los palos de escoba con los que intentábamos golpearla. Esa mismo día, un poco más tarde, llegó el Gordo y se completó el juego. Traía en la mano un bate nuevo que su abuelo, un viejo carpintero retirado, había torneado en una madera de quebracho. Para nuestra imaginación de niños, tenía la forma exacta, profesional: el tope particular para que no se deslizara de las manos al hacer swing, unas ranuras horizontales decorativas y el barniz oscuro. El viejo lo había hecho de madera dura “para que no se rompa contra la pelota”, explicaba el Gordo, por lo que podíamos estimar que pesaba con facilidad un par de kilos. Todos estábamos ansiosos por estrenarlo y, aunque el Banana quiso ser el primero, dejamos que su auténtico dueño se parara por primera vez a recibir los precisos pelotazos de Germán, quien tenía estudiados todos los pasos previos y hacía unos lanzamientos de película. Germán usaba gorra con visera, sostenía la pelota en la espalda para llevarla después hacia delante y ponerla entre las manos como si rezara, miraba de perfil –con cara de enemigo mortal– al que esperaba el lanzamiento, daba una larga vuelta con el brazo dándole cuerda al movimiento, y disparaba con toda su fuerza hacia la joum.

El Gordo respondió al primer lanzamiento abanicando con energía, pero no dio con la pelota y se balanceó tanto que casi pierde el equilibrio; poner el bate en movimiento requería de bastante esfuerzo. Volvió a ubicarse, ya transpirado y algo agitado, mientras alguien le acercaba la pelota nuevamente a Germán. El resto esperábamos sentados en diagonal a la escena, en la línea imaginaria que unía tercera base con el bateador. Era uno de esos días del final del verano, cuando las tardes empiezan a acortarse y uno entiende realmente lo que es disfrutar de las vacaciones, sin apuro, justo cuando están despidiéndose. Me había sentado en el piso con las piernas estiradas, apoyando el peso del cuerpo en mis dos brazos trabados en la espalda. Sentía los pastos duros pinchándome detrás de las rodillas. Hacía calor, pero no tanto y el olor era dulce y azul como el cielo el día después de la tormenta.
Germán volvió a repetir su ceremonia y envió un proyectil recto sobre la piedra que indicaba el lugar del bateador, que esta vez giró perfectamente y golpeó de lleno la pelota. Veía al Gordo algo de espaldas, pero me pareció el movimiento de un atleta, como el de esa estatua que inmortaliza el lanzamiento de un disco, una belleza. El golpe, una campanada seca y profunda, un tono grave como el de un meteorito golpeando un planeta desierto, disparó violentamente la bola al infinito, un cohete que aceleraba más y más. Fui feliz y todo confluía en la perfección más inmensa a la que un momento puede aspirar, la síntesis de un gran verano. Embelesado en ver cómo se perdía el proyectil al cruzarse por el sol, en captar abierta y tranquilamente los detalles del momento, en pensar en el miedo del Banana por perder la pelota de su padre para siempre y de sonreírme solo, apenas escuché el grito apagado de mi hermano que advertía el peligro. Bajé la cabeza y abrí los ojos encandilados, como si hubiera estado soñando y alguien me despertara llamando mi nombre. Pude ver al Gordo que se miraba las manos desorbitado y una sombra de flecha estalló en mi frente. Lo demás fue oscuridad y un eco doloroso a madera quebrada.
Desperté aturdido al día siguiente; estaba en el hospital. Me explicaron que el bate, después de dar con la pelota, se había deslizado de las manos del Gordo y había volado en dirección a mí como un boomerang, que me había golpeado en la cabeza; un accidente con suerte ya que me podría haber matado. Me hicieron radiografías y tengo una fisura en el cráneo que no reviste riesgo, pero que me acompañará siempre como un recordatorio. En deportes y juego al aire libre, ni pensar por ahora, hay que cuidarse ya que los huesos están resentidos.
Después vino a visitarme mi hermano y me contó que la pelota del Banana no apareció más y que lo castigaron: no lo dejan salir de la casa hasta que comiencen las clases. Nos reímos de esto y es que ambos admiramos y odiamos al Banana con la misma intensidad. El abuelo del Gordo todavía no se explica cómo pude romper el bate con la cabeza y ya prometió hacer uno más resistente con un corazón de aluminio, pero va a tener que esperar unos meses hasta conseguir los materiales. Igualmente, a nadie le interesa volver a jugar al béisbol y las madres se han convencido de que es demasiado peligroso.
El Cuatrojos está proponiendo hacer una casita en el campito y hasta compartir el espacio con algunas chicas. Y el Banana ya está reclutando a otros para ir a destruírsela. Parece que ahora van a dejar que use el rifle de aire comprimido siempre que sea cuidadoso y él ya promete prestarlo a quienes se unan a su bando. La excusa del golpe en la cabeza me ayuda a quedarme en casa y no meterme en estas cosas de las que me entero por mi hermano. Igualmente, nadie viene a visitarme y me siento un poco solo. Tal vez salga esta noche, cuando todos duerman, prenda fuego la casita y le haga saber al Banana que fui yo.
Rápido y ambicioso
- 16:59
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Tiene 17 años y se confiesa fanático del Flaco Traverso, tanto que bautizó Lila a su perra –cuando él tenía apenas 3 años–, en honor al color del auto que manejaba el mítico piloto de TC 2000. Amadís Farina representa a San Lorenzo en la fórmula Renault 1.6, que este año será la más rápida del país a partir de la implementación de cambios en el reglamento de la categoría.
El joven piloto de carreras tiene hoy 17 años, se levanta temprano todos los días para repartir su tiempo entre el entrenamiento físico, las prácticas, el trabajo en el negocio familiar y la escuela técnica a la que asiste en turno noche. Mientras se escuchan voces que reniegan de esta generación, que la ven perdida, este pibe encuentra el rumbo pegado a un auto que ruge y dobla a más de 200 kilómetros por hora en circuitos de todo el país, y va cumpliendo metas y sueños para llegar alguna vez a la Fórmula 2 y, por qué no, al honor de conducir un Fórmula Uno.
Como muchos, de chico Amadís quiso ser futbolista y se esforzó por convertirse en uno hasta que a los 10 años conoció las pistas de karting y empezó como un juego lo que se convertiría en una vocación. “Iba todo el tiempo a las pistas y mi papá veía mi entusiasmo, tanto que me prometió comprarme un karting si rompía el récord de la pista”, cuenta sonriente el piloto sanlorencino, con cara franca y abierta. Casi está de más aclarar que el padre tuvo que cumplir su promesa y así continuó incrementándose este amor por la velocidad y el deporte.
Amadís Farina es un adolescente como muchos en la ciudad, tiene los anhelos y temores, pero vive muchas cosas con una claridad e intensidad poco habitual: tiene la ambición y el orgullo de un campeón nato, de un deportista llamado a cansar las rodillas de tanto subir al podio, y combina esto con la sencillez, humildad y emoción de los verdaderamente grandes.
“Estamos en la categoría nacional, con la fórmula más importante previa al TC 2000, formando parte de un equipo que salió campeón el año pasado en el TC, el Honda Racing, campeón 2008 y 2009 de marcas y de equipos”, se vanagloria con toda razón. Es que entre otros logros, Víctor Rosso, director de este “team”, fue uno de los impulsores del proyecto “Pechito” López, el piloto que acaricia hoy la posibilidad de subirse a un auto de la máxima categoría a nivel mundial.
Como los talentosos en cualquier ámbito, Amadís pone toda su dedicación a este deporte, entrena varias veces por semana y se informa sobre aspectos relacionados con las carreras permanentemente. En fin, come, trabaja, estudia, vive, con el foco puesto en las competencias, tanto en su categoría como en las demás.
Ser piloto no es un pasatiempo, requiere de mucho entrenamiento y gran resistencia física, ya que los conductores profesionales están sujetos a un desgaste muy fuerte. El calor de la cabina puede superar los cincuenta grados, a los que hay que sumar el efecto sofocante de la ropa inífuga –con medias, pantalón, remera y capucha– más el buzo antiflama; además de soportar media hora de tensión permanente y el esfuerzo considerable que realizan los miembros superiores y el cuello durante curvas a 200 km por hora. Como si esto fuera poco, los cinturones de seguridad sujetan a los corredores tan fuertemente que se hace difícil respirar con normalidad. “Si no estás preparado físicamente no podés pensar arriba de un auto y si no podés pensar te convertís en candidato a un accidente grave”, subraya el piloto al referirse a la importancia de un acondicionamiento adecuado.
Muchos ignoran el alto costo que implica para los pilotos acceder a un vehículo, al equipo, el entrenamiento y hasta a cada pista. En el caso de Amadís Farina estas erogaciones parecen una apuesta segura, pero habrá que dar tiempo al tiempo y esperar que las cosas sigan el curso marcado.
El joven piloto se proyecta más allá del 2010: “A lo que apunto es a estar corriendo, en 2011, en la Fórmula 3 Sudamericana, para después poder llegar después a Europa.” Sin embargo sabe que eso sólo será posible si tiene éxito en cada paso. “En la pista todos son rivales, aún los compañeros de equipo a los que uno intenta pasarlos sin perjudicarlos”, dice el joven haciendo referencia a la alta competitividad de la categoría. A su vez resalta que “debajo de la pista hay buen ambiente y nos llevamos bien, todos tenemos edades parecidas y eso ayuda”.
En 2009 había comenzado en la fórmula Renault Plus, categoría que abandonó a mitad de año, luego de no haber podido culminar tres de las seis carreras disputadas por diversos problemas con el vehículo. “Si bien el auto era rápido, no era confiable”, concluye al evaluar el período.
A partir de mitad de año, “corrimos 5 de 12 carreras en la Fórmula Renault 1.6, que acompaña al TC 2000, y aprendimos bastante. El objetivo para el 2010 es pelear el podio en alguna carrera y finalizar entre los 10 en el campeonato”, cuenta.
Como conclusión, el talentoso conductor comenta emocionado: “San Lorenzo le ha dado a mi familia todo y me siento muy a gusto con mi ciudad. Me identifico como el piloto de San Lorenzo y llevo esa insignia con orgullo. Me gusta representar esta ciudad, que no es una más… la gente tiene que saber esto.”
“En la pista todos son rivales…”
“Me identifico como el piloto de San Lorenzo y llevo esa insignia con orgullo.”
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